Zhu Xiao Mei, piano, puede tutear las grandes obras maestras…. ella las interpreta con una distinción exquisita y lucida… (Le Monde) Los Chinos tienen la costumbre de decir que la vida comienza a los cuarenta años. Zhu Xiao-Mei puede confirmar este proverbio: todos los años que habrían podido ser antes de esta edad, se los llevó la China comunista.

Hija de músico conoce por lo tanto el piano desde muy temprano: el Conservatorio de Pekin a los diez años, los primeros conciertos en radio y televisión… después el sueño de una niña se convierte en una pesadilla. Bajo el nombre de la Revolución Cultural la envían a pasar cinco años de infierno en un campo de re-educación en los confines del interior de Mongolia. ¡Abajo el piano, viva Mao! El estudio del Clave Bien Temperado deja sitio al Libro Rojo de Mao. Auto crítica, lavado de cerebro, asfixia del ideal –hasta que un día un golpe de suerte la salva de la nada. Ella consigue hacerse con un piano de mala calidad, donde va recalentando dedos y también el alma al calor de los Preludios y Fugas, convertidos en un pan diario, un ritual de meditación, un exorcismo. Una tabla de salvación. Bajo los primeros signos de apertura del régimen, Zhu Xiao-Mei se escapa. Dirección: la Tierra de la Libertad, país de la opulencia y de las desilusiones donde, de Boston a Los Angeles, entre cursos de inglés y pequeños trabajos para sobrevivir, va subsistiendo. Con el gran Serkin, en la Universidad de Marlboro, re-encuentra de nuevo su carrera de intérprete, antes emigra de nuevo, esta vez a un Paris lleno de novelas y fantasmas pero, Paris al fin y al cabo, que la ha acogido y que se convertirá en su tierra de adopción. Con una remarcada discreción comienza a hacer oir su voz : un primer concierto en una iglesia, rápidamente un primer disco, invitaciones del Théâtre de la Ville, aparición en el Festival La Roque d’Anthéron, siempre con las Variaciones Goldberg. Estas Variaciones Goldberg son la trama y el esqueleto de su reciente autobiografía, al igual que lo son también de su verdadera vida. Porque Bach, trabajado día tras día, acabó por hacerse para ella un alter ego musical de Tao: un camino de sabiduría, que sabe y enseña a todo el mundo en esta realidad, sin dejar de guiar la mirada hacia arriba. Solo un puñado de otras obras maestras, raras montañas del alma: el opus 111 de Beethoven, la Sonata D.960 de Schubert, se encuentran en los recovecos de su corazón. Hoy profesora del Conservatorio Superior de Música de Paris y voluntariamente pocas veces en escena, esta Madre coraje del teclado se ha convertido en una asceta –que busca a través de la música la elevación del espíritu.

 

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